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Home Columna

El hombre invisible

José Manuel Trinidad Corona by José Manuel Trinidad Corona
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Valentina Ramírez

Recuerdo el momento exacto en que me convertí en asesino, aunque una parte de mí todavía se resiste a aceptarlo.

Tenía diecisiete años cuando subí por primera vez al ático, un lugar estrecho y sin aire suficiente. Creí que era una elección. Dejé absolutamente todo por ella, mi trabajo en la fábrica y mi libertad, aunque Dolly decía que era por nuestro bien.

Al inicio no lo sentía como una prisión, solamente como una rutina extraña. Aprendí a no hacer ruido, a moverme con cuidado, a no existir. Escribía para no volverme completamente invisible. Si dejaba palabras, al menos algo de mí quedaría. Además en mis relatos podía salir a lugares y crear diálogos con personas que ya nunca volvería a tener frente a mí.

Con el tiempo, incluso salir de la casa se volvió imposible pues los vecinos empezaron a preguntar. Dolly decía que yo era su medio hermano vagabundo. Fue entonces cuando decidió que lo mejor era que me quedara arriba, siempre. Pasaba los días escribiendo historias pulp, leyendo novelas de misterio y esperando. De día bajaba solo cuando ella me lo permitía, la ayudaba en la casa, hacíamos el amor, y luego volvía al ático.

Cuando nos mudamos a Los Ángeles en 1918, nada cambió realmente. Yo seguía siendo el hombre inexistente. Compré una máquina de escribir con el poco dinero que gané publicando algunos cuentos, mi único acompañante era el sonido constante de las teclas.

El 22 de agosto de 1922 escuché los gritos, no era raro que tuvieran discusiones. No sé que me hizo actuar así, pero hice algo que no debía, bajar.

Fred me reconoció de inmediato. Yo trabajaba para él en su fábrica de delantales en Milwaukee. Él mismo me había enviado a reparar la máquina de coser el día en que conocí a Dolly. Entonces forcejeamos, hasta que los disparos se escaparon de las manos. Cuando su cuerpo cayó al suelo, ese fue el momento exacto en que me convertí en asesino.

Sabía que los vecinos escucharían los disparos. Pensé rápido. Encerré a Dolly en el armario desde fuera, me llevé la llave y las armas al ático. Así, cuando llegara la policía, ella tendría una coartada. Desde arriba escuché cómo inventaba la historia. Un ladrón, un disparo, un robo y un encierro. La manera en que lo contaba parecía tan real, mientras yo quedaba fuera del relato. Invisible otra vez.

Después de eso, nada fue distinto. Fred estaba muerto y yo seguía viviendo en el ático. Ella tuvo otros hombres. Mientras yo seguía arriba.

Cuando fue arrestada años después, comprendí que yo también era una víctima. Desde su propio encierro, seguía decidiendo qué hacer conmigo. Le pidió a su abogado que me alimentara, que golpeara el techo para avisarme que debía salir. También le dijo que yo era su hermano vagabundo.

El abogado subió y yo necesitaba que alguien me viera. Le conté la verdad, el asesinato, el encierro, cada detalle. Nunca fui su esposo, ni su hermano. Fui algo peor por aceptar quedarme.

Años después me juzgaron. La ley me dejó libre, pero yo no sabía qué significaba aquello. No fue el costo de haber amado a Dolly, sino de permitirme desaparecer y acostumbrarme a no existir.

Tags: Columna
José Manuel Trinidad Corona

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