Adela Ramírez
No lograba entender la pregunta.
Soy mujer, mamá de una joven, jefa de familia. Escribo. Pensé que mi manera de vivir, mis columnas y mis artículos gritaban algo evidente: que soy una mujer que ha reflexionado sobre su tiempo y sobre las luchas de otras mujeres.
Pero no.
Él no lo vio así.
Se acomodó con cierta cautela antes de preguntar, como si estuviera a punto de tocar un tema peligroso.
—Necesito saber… ¿eres feminista?
Me quedé en silencio unos segundos.
—Yo no platico con esas mujeres —dijo después—. Me dan miedo.
Contesta sí o no.
La frase me sorprendió más de lo que esperaba. Tal vez porque no venía de cualquier persona. Su formación universitaria pertenece al mundo de la abogacía, en una universidad de talla internacional. Un hombre culto, educado en teorías jurídicas que hablan de derechos, libertades y justicia.
Y, para ser honesta, me gustaba.
Me gustaba mucho.
Había imaginado conversaciones largas, de esas que comienzan con un saludo formal y terminan horas después entre argumentos, libros, anécdotas y risas. Me imaginaba compartiendo una mesa pequeña, un delicioso café cappuccino entre las manos, hablando del mundo, de política, de literatura, de las contradicciones de nuestro tiempo.
Pero la palabra feminista apareció en la mesa antes que el café.
Y entonces entendí algo.
El feminismo sigue siendo, para muchos hombres, una palabra rodeada de mitos.
Históricamente, sin embargo, el feminismo no es un grito improvisado ni una moda ideológica. Es un movimiento que se remonta, al menos en su forma moderna, al siglo XVIII, cuando pensadoras como Mary Wollstonecraft publicaron textos fundamentales como Vindicación de los derechos de la mujer en 1792, cuestionando un orden social que negaba a las mujeres educación y autonomía.
Décadas después, las sufragistas europeas y estadounidenses —lideradas por mujeres como Emmeline Pankhurst— lucharon por el derecho al voto femenino, una conquista que hoy parece obvia, pero que durante siglos fue considerada una amenaza al orden social.
México no estuvo al margen de esa historia. A principios del siglo XX, figuras como Hermila Galindo defendieron públicamente el derecho de las mujeres a participar en la vida política. Sin embargo, el voto femenino en nuestro país no se reconoció oficialmente sino hasta 1953, cuando se reformó la Constitución para permitir que las mujeres votaran y fueran electas.
Aquellas demandas también fueron calificadas de exageradas.
Hoy son derechos incuestionables.
La investigación científica también ha desmontado otro de los viejos prejuicios que alimentaron la desigualdad. Estudios en psicología, sociología y neurociencia han demostrado que las diferencias intelectuales entre hombres y mujeres no están determinadas biológicamente, sino que responden en gran medida a contextos culturales, educativos y sociales.
Aun así, la palabra feminismo sigue provocando resistencia.
Tal vez porque cuestiona privilegios históricos.
Tal vez porque obliga a revisar estructuras donde la desigualdad se volvió costumbre.
O tal vez porque todavía vivimos en sociedades donde la violencia contra las mujeres es una realidad dolorosa. En México, cifras oficiales registran cada año cientos de feminicidios. Detrás de cada número hay una historia interrumpida, una familia rota, una vida que no debió terminar así.
Pensé en todo eso mientras escuchaba aquella frase:
—Las feministas me dan miedo.
Y por un momento sentí una pequeña decepción. No por la pregunta, sino por lo que revelaba.
Porque uno no puede —ni debe— quedarse callada.
Así que respiré y respondí con claridad:
Sí.
Soy feminista.
No porque odie a los hombres.
No porque quiera una guerra entre géneros.
No porque disfrute la confrontación.
Soy feminista porque creo en algo elemental: que las mujeres merecen vivir con los mismos derechos, la misma dignidad y las mismas oportunidades que los hombres.
Lo curioso es que cuando algunos hombres dicen temerles a las feministas, en realidad están diciendo algo más profundo.
Están diciendo que les incomoda una mujer que cuestiona.
Que piensa.
Que habla.
Que no acepta el silencio como destino.
Y ahí es donde el miedo cambia de lugar.
Porque, pensándolo bien, tal vez el problema no es que algunos hombres le teman al feminismo.
Tal vez el verdadero problema es que las mujeres todavía no hemos aprendido a temerle lo suficiente a los hombres que sienten miedo cuando una mujer exige igualdad.







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