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Home Columna

La sonrisa que delata

José Manuel Trinidad Corona by José Manuel Trinidad Corona
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Adela Ramírez


Hay algo que delata a las personas enamoradas antes de que digan una sola palabra. No es la mirada distraída ni el suspiro dramático. Es más sutil: una sonrisa leve, casi clandestina, que se instala en el rostro como si alguien hubiera encendido una luz interior.
Y lo que para muchos podría ser cursilería, en realidad es biología.
Cuando nos enamoramos, el cerebro activa el sistema de recompensa mesolímbico, la misma red que responde ante estímulos placenteros esenciales para la supervivencia. Estudios de resonancia magnética funcional realizados en la Universidad de Rutgers y en el Albert Einstein College of Medicine han mostrado que, al observar la imagen de la persona amada, se activan regiones como el área tegmental ventral y el núcleo caudado. En términos simples: el cerebro reconoce algo valioso y responde.
La protagonista de esta escena química es la dopamina, una molécula orgánica que funciona como neurotransmisor y que participa en la motivación, la anticipación y el aprendizaje por recompensa. Cuando sus niveles aumentan, el sistema nervioso autónomo responde: se agudiza la atención, se incrementa la energía y también se modifica la expresión facial. Esa sonrisa ligera no siempre es una decisión consciente; muchas veces es el reflejo visible de un estado neuroquímico.
Pero no es solo dopamina. También intervienen la oxitocina —relacionada con el apego y la confianza— y la serotonina, que regula el estado de ánimo. Este equilibrio bioquímico favorece una sensación de bienestar sostenido que relaja la musculatura facial. El músculo cigomático mayor, responsable de elevar las comisuras de los labios, se activa con mayor facilidad cuando experimentamos emociones positivas. Así aparece esa sonrisa discreta, casi privada, como si guardáramos un secreto.
Conviene decir algo importante: estar enamorado no implica necesariamente ser correspondido. El enamoramiento es, en su primera fase, una experiencia profundamente unipersonal. Ocurre en el cerebro de quien siente. Es un fenómeno interno, una activación química y emocional que no requiere permiso ni confirmación externa para existir. Basta la percepción, la expectativa, el significado que atribuimos a alguien para que el sistema de recompensa se encienda.
Y cuando ese sentimiento es correspondido, entonces el fenómeno se potencia. La reciprocidad no solo valida la emoción; amplifica los circuitos de apego, fortalece la liberación de oxitocina y consolida el vínculo. Si enamorarse ya moviliza el cerebro, ser correspondido es llevar esa experiencia a su máxima expresión biológica y emocional.
El enamoramiento también es memoria. El hipocampo y la amígdala trabajan en conjunto para reactivar recuerdos emocionales asociados a la persona querida. Y el cerebro, que no distingue del todo entre lo intensamente vivido y lo intensamente recordado, vuelve a activar las mismas rutas de recompensa. Por eso la sonrisa puede surgir incluso en ausencia. Basta un pensamiento. Una canción. Un mensaje inesperado.
Las personas enamoradas no siempre sonríen abiertamente; a veces apenas curvan los labios. Pero cuando la emoción es genuina, también participan los músculos alrededor de los ojos. Es lo que la psicología denomina sonrisa de Duchenne: una expresión auténtica que involucra tanto la boca como la mirada. El rostro entero se suaviza. Se vuelve más permeable.
¿Es voluntaria esa expresión? En parte sí, en parte no. El amor habita en un territorio híbrido: somos conscientes del sentimiento, pero los mecanismos que lo sostienen son profundamente biológicos. No decidimos liberar dopamina; ocurre. No ordenamos a los músculos relajarse; responden al estado interno.
Y, aun así, incluso con toda la precisión de la neurociencia, hay algo que escapa a la ecuación. Porque podemos explicar las moléculas, describir los circuitos, mapear las áreas cerebrales… pero no podemos anticipar con exactitud por qué una persona específica —entre millones— logra encender esa revolución interna. Hay en el amor una dimensión de magia: no como fantasía ingenua, sino como esa fuerza inexplicable que sincroniza tiempos, miradas y voluntades. La biología lo sostiene, sí. Pero la magia lo hace único.
Y aquí conviene detenerse en algo más: esa sonrisa comunica. Las expresiones faciales transmiten bienestar, apertura, disponibilidad emocional. Desde una perspectiva evolutiva, mostrar satisfacción favorece la construcción de vínculos. El amor no solo se siente; se manifiesta. El rostro habla incluso cuando las palabras prefieren guardar prudencia.
Y sí, quizá desde fuera parezca esa sonrisita de tontos que mantenemos las personas enamoradas. Esa que aparece sin contexto, que nos sorprende mirando el celular o caminando solos por la calle. Pero si es “tontería”, es una extraordinariamente sofisticada: implica circuitos cerebrales afinados, memoria emocional activa y un sistema de recompensa funcionando a todo lo que da. No es ingenuidad; es el cerebro celebrando que ha encontrado algo que considera valioso.
Así que, si te descubres con esa curva involuntaria en los labios, no la disimules demasiado. Estar enamorado —incluso cuando todavía no hay respuesta— ya es una experiencia intensa, legítima y profundamente humana. Y si además es correspondido, entonces esa sonrisa deja de ser apenas un gesto: se convierte en la confirmación de que dos cerebros, al mismo tiempo, decidieron iluminarse.
En tiempos donde sobran máscaras, conservar una sonrisa auténtica —aunque parezca ligeramente tonta— es, en realidad, un acto de inteligencia emocional valiente y profundamente humano.

Tags: Columna
José Manuel Trinidad Corona

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