Por: Antonio Torres Rodríguez
Exactamente. Lo que hace un mes planteamos como una posibilidad analítica, hoy se manifiesta como una realidad inminente. El «efecto dominó» que inició en Caracas y continuó en Teherán ha cruzado el Atlántico para situarse en las costas de La Habana.
Cuando el mundo aún procesaba la salida de Nicolás Maduro, hace poco más de un mes, advertí en este espacio que el sistema cubano no sobreviviría a la orfandad geopolítica. Hoy, con los eventos en Irán, lo que era una predicción se ha convertido en una cuenta regresiva. El régimen de Miguel Díaz-Canel no solo está contra las cuerdas; está viendo cómo el ring mismo se desmorona bajo sus pies.
Históricamente, la Revolución Cubana ha sobrevivido gracias a «pulmones» externos: primero la Unión Soviética y, durante las últimas dos décadas, el petróleo venezolano. Con la caída de Maduro en enero, el suministro de crudo se cortó de tajo, sumiendo a la isla en un apagón que ya no es solo eléctrico, sino sistémico. Sin el apoyo logístico y financiero que Irán también proveía —ahora neutralizado tras la caída del Ayatola en febrero—, el Palacio de la Revolución se ha quedado sin aliados capaces de financiar su ineficiencia.
Ya no hay narrativa épica ni discurso de «resistencia creativa» que pueda ocultar el fracaso absoluto de un modelo que, tras 67 años, es incapaz de garantizar las necesidades básicas. Las protestas espontáneas en Santiago y La Habana son el síntoma de un pueblo que ya no teme a la represión porque ya no tiene nada que perder.
Lo que estamos presenciando en este marzo de 2026 es el cierre de un ciclo histórico. La caída de dos tiranos en sesenta días ha roto el mito de la invencibilidad dictatorial. Cuba ya no es una isla política; es un sistema en estado de necrosis que espera el golpe de gracia de su propia inviabilidad.
La caída del sistema cubano no vendrá necesariamente de una invasión, sino de la implosión de su propia estructura, agotada y sin patrocinadores. Si enero fue para Venezuela y febrero para Irán, marzo se perfila como el mes en que el Caribe cerrará un capítulo de casi siete décadas de autoritarismo.







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