Por Andrés A. Solis*

Este 30 de agosto se cumplió una década del fallecimiento de uno de los personajes más importantes de la historia reciente.

Hace diez años falleció Gilberto Rincón Gallardo, activista y político de izquierda, quien siempre fue un luchador social y se ocupó de impulsar desde la sociedad civil las luchas que hoy se traducen en instituciones y en políticas públicas que antes eran impensables.

A Gilberto le debemos muchos cambios y uno de los más importantes fue la creación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred). Le debemos haber puesto en la agenda pública la defensa de los derechos de minorías como las personas con discapacidad, la comunidad LGBTTTI, y otras más… una lucha que dio desde la sociedad civil y desde las instituciones.

El recuerdo de Gilberto es importante, en un contexto en que la conmemoración de una década de su fallecimiento se da a la par de una nueva crítica del presidente Andrés Manuel López Obrador en contra de la sociedad civil organizada.

La semana anterior nuevamente el presidente abusó del púlpito que tiene cada mañana en radio, televisión e Internet para acusar a organizaciones no gubernamentales de recibir recursos desde el extranjero para -según él- atacar su proyecto del tren maya.

El problema es que López Obrador acusa y no da fuentes de donde obtiene su información.

Nuevamente el presidente mete en la misma bolsa a todas las ONG y a todas por igual las acusa de corruptas y de estar en contra de su proyecto, tal como lo hace con la prensa y las y los periodistas.

López Obrador no miente, pero dice verdades a medias.

Claro que hay organizaciones no gubernamentales que hay sido corruptas, reciben dinero y no trabajan. Claro que las fundaciones internacionales tienen una agenda política y defienden sus intereses, pero eso no significa que todas sean iguales.

Andrés Manuel olvida o pretende olvidar algo importante. Las ONG están presentes en aquellos lugares donde el Estado no llega.

Muchas organizaciones trabajan y sustituyen las responsabilidades propias del gobierno, ya sea porque la autoridad no tiene recursos, no tiene personal y sobre todo porque su escaso personal no está debidamente capacitado en muchos temas.

Por eso son importantes las organizaciones de la sociedad civil y porque esta sociedad organizada debe ser también un contrapeso del poder, que es precisamente lo que más le molesta al presidente.

Las críticas generalizadas no son sólo las típicas ocurrencias presidenciales; las críticas generalizadas alientan el desprecio de quienes creen ciegamente en el empleado más caro de Palacio Nacional y generan un clima adverso para aquellas organizaciones que son confiables, que llevan muchos años trabajando y que han logrado empujar acciones positivas en sus áreas de influencia.

Descalificar a todas las ONG por igual las pone en una condición de descrédito que podría alejar a las fundaciones que dejarían de apoyar proyectos importantes en nuestro país.

Si el presidente tiene dudas sobre la legalidad y la transparencia con que trabajan las organizaciones, pues debería de considerar que ninguna fundación internacional financia proyectos sin tener la certeza de que su dinero será destinado para lo que debe y por eso establecen reglas muy claras de transparencia y rendición de cuentas, que se suman además a las responsabilidades fiscales que cada ONG cumple en nuestro país.

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